jueves 9 de julio de 2009

La lengua habla

Pero incluso si se trata de una comunicación sin palabras, el pedir efectivamente de forma verbal excusas o el transmitir por ejemplo verbalmente que se ha perdonado es en sí siempre menos que el correspondiente hecho sin palabras. Sea como fuere, tiene que tratarse siempre de la puesta en práctica de un relacionarse con, lo cual acaba por completarse y llegar a término en el uno y en el otro. He aquí lo que caracteriza las relaciones de los seres humanos. Estas se realizan especialmente en una conversación que no quiere ni persigue otra cosa que compartir el propio punto de vista con el otro o medirlo por el rasero del otro y comprobar así su solidez a partir de la respuesta que nos llegue.
Este tipo de "conversación" no tiene por qué reducirse exclusivamente, como toda comunicación que se realiza en palabras, al ámbito del dominio del lenguaje correspondiente y sus reglamentaciones. Es más bien así que la respuesta misma quiere tomar la palabra, a lo cual se refiere Heidegger cuando dice : "La lengua habla". Incluso un diálogo como en el que, por ejemplo, Platón le transfiere a Sócrates la función de mostrar cómo el interlocutor queda aparentemente reducido a simple comparsa sigue siendo una conversación. Y es que el interlocutor ha recorrido el mismo camino, confirmando al final por medio de su no saber que se ha hecho capaz de constituirse en interlocutor verdadero de una conversación verdadera. Ello se debe a que el juego transparente de pregunta y respuesta no tiene lugar entre personas que saben sino entre personas que preguntan. Sócrates parece confirmar verdaderamente que basta uno solo para llevar una conversación. Sin embargo, el verdadero arte de llevar una conversación es aquel en el que ambos interlocutores se ven llevados. Esta es entonces una verdadera conversación, una conversación que lleva a algo.

Fenomenología, hermenéutica, metafísica
Hans-Georg Gadamer

miércoles 1 de julio de 2009

La sublime inutilidad del arte

— ¿Qué piensa usted de las artes?

— El arte es la ciencia de lo inútil.

El médico frunció la frente sorprendido. Aquella respuesta no cuadraba con la personalidad que había creído adivinar en su paciente.

— ¿Quiere decir que desprecia usted las artes; que las considera algo trivial, y a quienes las practican gentes desocupadas que no tienen otra cosa mejor que hacer?

— ¡Nada de eso doctor! ¡Considero que el arte es tanto más sublime cuanto mayor es su inutilidad!

— Explíquese mejor.

— El hombre es el único animal que se crea necesidades que nada tienen que ver con la subsistencia del individuo y con la reproducción de la especie. No le basta comer para alimentarse, sino que condimenta los alimentos, de modo que añadan placer a la satisfacción de su necesidad. No le basta vestirse para abrigarse, sino que añade, a esta función tan elemental, la exigencia de confeccionar su ropa con determinadas formas y colores. No se contenta con cobijarse, sino que construye edificios con líneas armoniosas y caprichosas que exceden de su necesidad: lo cual no ocurre con la guarida del zorro, la madriguera del conejo o el nido de la cigüeña. ¿Hay algo más inútil que la corbata que lleva usted puesta? ¿De qué le sirve al estómago una salsa cumberland o un chateaubriand a la Périgord? ¿Qué añade al cobijo del hombre el friso de una escayola o las orlas en forma de signos de interrogación de los hierros que sostienen el pasamanos de una escalera? Pues bien: todo eso que está inútilmente «añadido a la pura necesidad»… ¡ya es arte! La gastronomía, la hoy llamada alta costura y la decoración son las primeras artes creadas por nuestra especie, porque representan los excesos inútiles añadidos a las necesidades primarias de comer, abrigarse y guarecerse.

— Dígame, señora de Almenara, ¿dónde ha leído ese ensayo sobre la inutilidad? ¡Me gustaría conocerlo!

— ¡No necesito leer a los demás para formarme una opinión, doctor!

— Prosiga, señora: me tiene usted absolutamente fascinado.

— Pues bien — continuó Alicia —. En el momento mismo en que el espíritu creador del hombre se despegó incluso de la necesidad primaria para producir sus lucubraciones, nacieron las grandes Artes: la Poesía, la Danza, la Música y la Pintura.

— Olvida la Arquitectura.

— Considero a la Arquitectura, como a la Gastronomía, un añadido inútil a una necesidad «primaria». La Danza en cierto modo, también tiene este lastre, pero se aleja más de la necesidad. Es… ¿cómo explicarme?, una… una… ¡una mímica sublimada! ¡eso es lo que quería decir! Tal vez la Danza sea anterior al lenguaje y tuviera en sus orígenes una intencionalidad práctica: con carga erótica, reverencial o religiosa. ¡Yo no estaba allí, y no se qué «intencionalidad» tenía! Pero no hay duda de que encerraba «un propósito», encaminado a la consecución de un fin. No sé si me explico, pero la intencionalidad es algo muy superior a la «necesidad primaria». Está ya directamente relacionada con el juicio y la voluntad. «Quiero esto y voy a demostrarlo con gestos y ademanes rítmicos.» ¡Y la Humanidad se puso a danzar! ¡De ahí a la Pavlova o a Nureyev no había más que un paso! La Pintura pertenece a un género superior. ¡Es más inútil todavía! Tiene un lejanísimo parentesco con la escritura ideográfica, mas una vez añadida su carga de inutilidad, la distancia entre lo necesario y lo que no sirve para nada, se hace tan grande, que la considero entre las primeras de las Artes Mayores. ¿No opina lo mismo, doctor?

— Mi querida amiga, no es mi opinión lo que interesa, sino la suya.

— ¿Y no le interesa que a mí me interese conocer su opinión, doctor? ¡Sería muy poco galante de su parte dejarme hablar y hablar sin intervenir!

— Eso es precisamente lo que deseo, señora. Y empiezo a pensar que se le ha acabado la inspiración. ¿Cómo juzga usted la Poesía?

— Paralela en méritos a la Pintura, aunque un tanto más inútil todavía. ¿Qué quiere decir, o para qué sirve decir:

Mi corazón, como una sierpe se ha desprendido de su piel, y aquí la miro entre mis dedos llena de heridas y de miel?

»¡Oh, doctor! Ni el corazón tiene una piel como la de las serpientes que se la cambian cada temporada como las modas de las mujeres, ni los ofidios ni el corazón acostumbran a impregnarse del zumo de las abejas; ni hay hombre que pueda contemplar víscera tan delicada entre las manos: pues si estuviese vivo moriría en el intento; y si muerto, no podría contemplarla. ¡Y sin embargo este poemilla de García Lorca es arte puro!

»Queda, por último, la Música. ¿Qué mayor inutilidad que unir unos ruidos con otros ruidos que no expresan directamente nada y que pueden ser interpretados de mil distintas maneras según el estado de ánimo de quien los escuche? ¿A quién alimenta eso? ¿A quién abriga? ¿A quién cobija? ¡A nadie! La Música es la más inútil, biológicamente hablando, de todas las Artes y, por ello, por su pavorosa y radical inutilidad, es la más grande de todas ellas; la menos irracional, la más intelectual, la más espiritual, la más humana, en tanto que esto signifique superación de los seres inferiores. Porque lo cierto es que hay quien entiende, ¡equivocadamente, claro está!, por «humano…».

Alicia se detuvo y se sonrojó:

— ¡Ah, doctor estoy hablando como un ser pedante e insufrible! Discúlpeme. No quiero hablar más.

Los renglones torcidos de dios,
Torcuato Luca de Tena

jueves 25 de junio de 2009

Diferencia entre "vir" y "homo"

virum te putabo, si Sallustii Empedoclea legeris, hominem non putabo.

si lees a Empédocles de Salustio, te consideraré todo un hombre; no un simple mortal.

II, IX, Epistulae ad Quintum fratrem,
Cicerón
Ambas palabras significan hombre, pero Cicerón le da una connotación positiva a vir y una de más vulgar, de rango inferior, a homo. Parece ser que esta diferencia es genuinamente suya porque los ejemplos en textos no-ciceronianos no son lo suficientemente numerosos como para pensar lo contrario. Quizás el único autor que marca también esta diferencia, aunque puede que inconscientemente, sea Plauto.
Tun, homo putide, amator istac fieri aetate audes?

¿Acaso tú, hombre podrido, presumes de ser un amante a tu edad?

VII, V, Bacchides,
Plauto


Quid? tu me lucustam censes esse, homo ignavissime?

¿Qué? ¿Crees que soy una langosta, hombre cobardísimo?

V, V, Menaechmi,
Plauto
El dramaturgo suele acompañar homo con algún insulto. En Cicerón, en cambio, vir suele ir precedido de adjetivos como fortissimus (XIII, IV, In Catilinam), o se usa en expresiones de despedida como cura ut vir sis (XI, III, In Catilinam). Recordemos que de vir derivaron virilidad o virtud, palabras que nos vienen como anillo al dedo aquí.

jueves 18 de junio de 2009

El noble

Nobilis -e: adj. Conocido, manifiesto, célebre, famoso, excelente.

El adjetivo "noble" indicaba, en latín, la magnificencia de algunas personas en base a sus logros en vida. La acepción que nos ha llegado es una degeneración producida a lo largo del tiempo y debido a la herencia y a la ostentación de dicha calificación por parte de algunas familias. Escribe Ortega y Gasset:

Es irritante la degeneración sufrida del vocabulario usual por una palabra tan inspiradora como "nobleza". Porque al significar para muchos "nobleza de sangre", hereditaria, se convierte en algo parecido a los derechos comunes, en una calidad estática y pasiva, que se recibe y se transmite como una cosa inerte. Pero el sentido propio, el etymo del vocablo "nobleza" es esencialmente dinámico. Noble significa el "conocido", se entiende el conocido de todo el mundo, el famoso, que se ha dado a conocer sobresaliendo sobre la masa ánonima. Implica un esfuerzo insólito que motivó la fama. Equivale, pues, noble a esforzado o excelente. La nobleza o fama del hijo es ya puro beneficio. El hijo es conocido porque su padre logró ser famoso. Es conocido por reflejo y, en efecto, la nobleza hereditaria tiene un carácter indirecto, es luz espejada, es nobleza lunar como hecha con muertos. Sólo queda en ella de vivo, auténtico, dinámico, la incitación que produce en el descendiente a mantener el nivel de esfuerzo que el antepasado alcanzó. Siempre, aun en este sentido desvirtuado, "noblesse oblige". El noble originario se obliga a sí mismo, y al noble hereditario le obliga la herencia. Hay, de todas suertes, cierta contradicción en el traspaso de la nobleza, desde el noble incial, a sus sucesores. Más lógicos, los chinos, invierten el orden de la transmisión, y no es el padre quien ennoblece al hijo, sino el hijo quien, al conseguir la nobleza, la comunica a sus antepasados, destacando con su esfuerzo a su estirpe humilde.

VII, La rebelión de las masas,
José Ortega y Gasset